El Rastro…

Para todos aquellos amantes de Madrid,  el Rastro es un lugar del que no debeis dejar de ir de vez en cuando. No hace falta ir para comprar, simplemente prueba a dejarte llevar.

Para una asignatura de la facultad, Literatura madrileña, me pidieron hacer un recorrido algún sitio de Madrid que tuviese que ver con literatura y la forma expositiva fuese literata, también. Esto iba acompañado de un power point eso…queda para mi gente, de momento.

PRIMERA PARTE

El Rastro

Carmen Cerezo Marín

Nos dispusimos a andar, ya estábamos preparadas.

Amaneció un día lleno de color. El viento, dorado por el sol, dejaba un sabor a estío que auguraba el inminente otoño. Amaneció un día lleno de color.

El sonido de los pájaros: gorriones, canarios, jilgueros, y como siempre el aleteo de las palomas. El sonido de los pájaros forzaba, casi de forma inevitable, que el cuello de los transeúntes se girase y sus ojos mirasen al cielo.

Esos pájaros, ahí arriba, se agolpaban como queriendo ver algo, igual que todo el gentío de la calle Ribera de Curtidores se apretaba.

Andaban, paraban, miraban, curioseaban. Lechuceaban tal vez, como las aves que surcan el cielo sin llegar nunca a su puerto. Tal vez. Sí. O, tal vez sólo querían distraerse y no tenían puerto.

Nos dispusimos a andar, ya estábamos preparadas. Amaneció un día lleno de color.

Después de broncear nuestra piel y con tapas nuevas, todo se veía distinto. Los cordones nos apretaban, pero la horma nos había dejado como nuevas. El zapatero de la Puerta del Sol tenía mucha clientela, y nosotras, al ser unas botas con antigüedad y renombre, habíamos necesitado unos cuidados especiales.

Somos un numero 39, bueno después de la horma somos un 40, y a nuestro antiguo dueño le encantaba andar y pasear por Madrid. Le encantaba disfrutar de los atardeceres, de los amaneceres, del olor a tierra mojada al pasear por el Prado. Escuchar el canto de los pájaros, el traqueteo de los trenes de la estación de Chamartín, el jolgorio de los transeúntes al sol tras una fría noche de diciembre. Pero lo que mas le hacía disfrutar era el trote de los caballos. Ese chocar de las herraduras contra los baldosines de las calles. Solíamos ir de aquí para allá sin parar ni un minuto hasta que de repente, perdíamos la inercia y nos quedábamos como pegadas con pegamento de cola al suelo.

¿Qué pasa?

¿Qué pasa?

Eso, las herraduras contra los baldosines de las calles.

A nuestro antiguo dueño le encantaba andar y pasear. Tanto que muchos días nos poníamos de acuerdo, mi otro par y yo, para siempre empezar a andar yo, que soy el derecho, para que nos acompañase la suerte y no nos cansásemos mucho.

Nos dispusimos a nadar, ya estábamos preparadas. Todo se veía distinto. Yo recordaba a Felipe, que se ponía con el carro de caballos, como todos, pero sus caballos tenían clase. Bueno, más que clase, eran originales como su dueño. Felipe era un anciano alto, con cara graciosa y que con solo mirarle te entraban ganas de reír y te dabas cuenta de que en la vida siempre hay una cara de la moneda que te sonríe.

En la vida hay dos tipos de personas: las que nunca les pasa nada y las que siempre les pasa algo. Felipe es una de estas últimas. Es como el bolso de Mary Poppins, cuando menos te lo esperas y de la forma que menos te lo esperas te cuenta una historia, y biográfica claro.

No es porque tenga imaginación y sus historias nazcan de fantasías basadas en la realidad, sino porque le gusta disfrutar de las cosas mas sencillas. De lo que casi ni te das cuenta de que esta ahí. Por eso, en su puesto siempre encontrabas cosas originales: un tenedor que le llamaba cachivache, una brújula que le llamaba alpacaju, relojes de bolsillo, lámparas, ventanas, aparadores, campanas, llaves, baúles, sillas, sillones, tresillos, desalzadoras y toda clase de utensilios para revender.

Recuerdo que una vez vi en su puesto un juego de tazas con el retrato de Carlos V pintado sobre ellas, ¡a saber de donde las habría sacado!

A temporadas quiso especializarse en pinturas de músicos y vi en su puesto a los mejores flautistas de la época o hasta al mismísimo Farinelli el castrati. También tuvo durante varios meses el puesto repleto de libros, libros y más libros. Pero… este gremio no le terminó de gustar y se decantó por sus cosas de siempre: un poco de todo, y siempre, nada corriente.

Mañana más.

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