El rastro. Parte II

…El barrio cogió fama por las reses que venían directamente del matadero y por el rastro que dejaban por la calles. Eso para nosotras siendo lo que somos era bastante desagradable, pero no entremos en detalles.

Al principio, la mayor parte de los puestos de la zona vendían pieles curtidas, pero luego llegaron los ropavejeros, y los  puestos se fueron uniendo por familias: los anticuarios con los anticuarios, los pintores con los pintores…

Me acuerdo de un día que íbamos caminando. Caminando como siempre, como siempre que íbamos por el rastro. Un paso, dos pasos… un, dos, un, dos, un …un, un, un…un ,dos, tres..un, un…un…un…un…Cada vez que íbamos a andar por el rastro pasaba lo mismo. Unos pocos pasos seguidos, hasta que de repente, perdíamos la inercia y nos quedamos como pegadas con pegamento de cola al suelo.

¿Qué pasa?

¿Qué pasa?

¡Eso! ¡Sí, eso! Pero, ¿qué es eso? Porque esta vez, ¿Esta vez no son las herraduras de caballo contra los baldosines de las calles?

Esta vez lo que a mi dueño le había hecho pararse en seco era una conversación que oía, se había encontrado a cierto escritor que llevaba tiempo con fama adquirida. Era el autor de El Antiguo Madrid. Un hombre de estatura media, mirada sincera y sonrisa arcaica. Pero no por eso su sonrisa dejaba caer un ápice de falsedad, ni de forzada. No. Ese recuerdo a las esculturas arcaicas de la antigua Grecia le hacía ser más cercano, sencillo, noble. Sus gafas, para el siglo XIX, eran bastante modernas, su porte: siempre elegante, siempre sereno.

– Esto está como hace veinte años. Aquí se vende todo tipo de utensilios, muebles, ropas y cachivaches averiados por el tiempo, castigados por la fortuna, ó sustraídos por el ingenio á sus legítimos dueños. Aquí es donde acuden á proveerse de los respectivos menesteres las clases desvalidas, los jornaleros y artesanos; á las miserables covachas de aquellos mauleros cubiertas literalmente de retales de paño, de telas de todos los colores; á los tinglados de los chamarileros, henchidos de herramientas, cerraduras, cazos, sartenes, velones, relojes, cadenas y otras baratijas; á los montones improvisados de libros, estampas y cuadros viejos, que cubren el pequeño espacio de pavimento que dejan los puestos fijos, asisten diariamente en busca de alguna ganga ó chiripa los aficionados veteranos, rebuscadores de antigüedades, arqueólogos y numismáticos de deshecho, bibliógrafos y coleccionistas de viejo…

De pronto aquel personaje que había llegado como de imprevisto, desapareció entre la nebulosa húmeda de las calles y se perdió con algún amigo que le acompañaba.

Decidimos seguir andando un rato. Bueno, más que decidimos, no nos quedaba otra, porque claro, nuestros pies nos llevaban.

Vimos todo tipo de músicos: grupos de jazz, didgeridoo, un señor que tocaba las copas… ¡hasta estaba Luís el vendedor de barquillos que tocaba la caja de música! Había estilos nuevos, rompedores, y seguían estando los de siempre conservando así ese sabor familiar y típico del rastro.

Decidimos seguir andando un rato. Bueno, más que decidimos, no nos quedaba otra, porque claro, nuestros pies nos llevaban.

La marea de gente parecía que nunca iba a parar. Era como un torrente que no frenaba por nada del mundo, no tenía ningún obstáculo ante él. Avanzaba sin parar, avanzaba con lentitud. No frenaba por nada. Pero esto era solo apariencia, pues de pronto alguien se paraba, escuchaba una música, observaba un cartel, disfrutaba de un instante, sonreía con su gente… No hacía falta comprar, igual solo bastaba una mirada atenta, un: “no, gracias, solo estoy mirando”, o un “hola, buenos días” antes de pedir algo de aquel puesto apartado.

Y otra vez esos gritos: ¡2 a un euro! ¡2 a un euro! ¡El segundo par, mi niña, tres euros más barato!

Entre tanto barullo y gente habladora, ¡ya no sabíamos que hacer! Teníamos unas ganas tremendas de comentar lo que habíamos visto durante ese día, pero no podíamos.

Bota derecha delante, bota izquierda detrás, y cuando yo iba a adelantarme, ¡la izquierda iba hacia atrás! Así durante casi todo el día. Nos metimos de nuevo en la calle de los pintores. Bota derecha delante, bota izquierda detrás, y cuando yo iba a adelantarme, ¡la izquierda iba hacia atrás! No había forma. Hasta que de repente… ¡Perdimos la inercia! y ¡nos quedamos pegadas con pegamento de cola al suelo! ¡Esta vez sí! Pero todo a nuestro alrededor se quedo quieto. Mirándonos. Como si algo malo estuviese a punto de pasar. Yo tuve que cerrar los ojos, no sé por qué, pero note como poco a poco algo iba cayendo sobre mí. Me miré. Miré a la bota izquierda… y me eché a reír. Nos habiamos puesto perdidas de pintura…¡Menuda habíamos montado!

Espero que te haya gustado.

See you!

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