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Jardín Botánico

Posted in lo escrito escrito está on 19 abril 2010 by elmundoremi

Pasan los días y de repente, descubro un recuerdo de mi baúl de la infancia. Pasa de vez en cuando, vas andando por un sitio y recuerdas algo, una conversación, unos compañeros, unos pequeños años…

Hoy, amanece nublado, y nublada también está mi cabeza, algo que nos pasa a muchos cuando hace este tiempo loco.

Hoy amanece loco  el tiempo, y pienso a tiempo: una semana nueva para disfrutar.

¿De qué?

Ya sabré, pero lo que está claro es que disfrutaré.

¿Estoy poeta? No lo sé.

Hoy amanece nublado, llego al cole algo rápido, se nota que es lunes y el tiempo nos pisa los talones.

Tras una hora de clase me dan mi primer regalo del dia: disfrutar de las caras de las  niñas escuchando un Cuentacuentos.Así da comienzo la Semana del Libro mi colegio de práticas, Los Tilos. Caras de sorpresa al escuchar las historias del duende, caras de susto, de emoción por saber el final de las decenas de historias que han podido oir.

Al poco tiempo, nos vamos con las más pequeñas de primaria al Jardín Botánico, descubren árboles de hace siglos, otros de hace no tanto, flores, y la atracción astrella… El Invernadero ¿que hay? ¡¡¡Plaaantas carnivoras!!! Alguna pensaba que le iban a comer la mano… Unas muy atentas a lo que contaba la guía y otras, muy atentas… ¡¡a buscar caracoles!!Pero, bueno, sí, todas muy atentas.

Seguimos andando y la guía nos enseña el árbol más antiguo del Jardín Botánico: El Abuelo. Ahí estuve yo igual que ellas cuando era pequeña. ¡Que buenos recuerdos! Patricia, nuestra guía sigue contándonos y nos muestra el árbol de enfrente y pregunta a las alumnas su nombre, entonces responde una de ellas con mucha soltura: ¡La Abuela! ¡por que cerca esta el abuelo!

Ahora hace un sol esplendido, y ya he disfrutado de bastantes cosas y lo que me queda, ¿y a ti?

El rastro. Parte II

Posted in lo escrito escrito está on 12 febrero 2010 by elmundoremi

…El barrio cogió fama por las reses que venían directamente del matadero y por el rastro que dejaban por la calles. Eso para nosotras siendo lo que somos era bastante desagradable, pero no entremos en detalles.

Al principio, la mayor parte de los puestos de la zona vendían pieles curtidas, pero luego llegaron los ropavejeros, y los  puestos se fueron uniendo por familias: los anticuarios con los anticuarios, los pintores con los pintores…

Me acuerdo de un día que íbamos caminando. Caminando como siempre, como siempre que íbamos por el rastro. Un paso, dos pasos… un, dos, un, dos, un …un, un, un…un ,dos, tres..un, un…un…un…un…Cada vez que íbamos a andar por el rastro pasaba lo mismo. Unos pocos pasos seguidos, hasta que de repente, perdíamos la inercia y nos quedamos como pegadas con pegamento de cola al suelo.

¿Qué pasa?

¿Qué pasa?

¡Eso! ¡Sí, eso! Pero, ¿qué es eso? Porque esta vez, ¿Esta vez no son las herraduras de caballo contra los baldosines de las calles?

Esta vez lo que a mi dueño le había hecho pararse en seco era una conversación que oía, se había encontrado a cierto escritor que llevaba tiempo con fama adquirida. Era el autor de El Antiguo Madrid. Un hombre de estatura media, mirada sincera y sonrisa arcaica. Pero no por eso su sonrisa dejaba caer un ápice de falsedad, ni de forzada. No. Ese recuerdo a las esculturas arcaicas de la antigua Grecia le hacía ser más cercano, sencillo, noble. Sus gafas, para el siglo XIX, eran bastante modernas, su porte: siempre elegante, siempre sereno.

– Esto está como hace veinte años. Aquí se vende todo tipo de utensilios, muebles, ropas y cachivaches averiados por el tiempo, castigados por la fortuna, ó sustraídos por el ingenio á sus legítimos dueños. Aquí es donde acuden á proveerse de los respectivos menesteres las clases desvalidas, los jornaleros y artesanos; á las miserables covachas de aquellos mauleros cubiertas literalmente de retales de paño, de telas de todos los colores; á los tinglados de los chamarileros, henchidos de herramientas, cerraduras, cazos, sartenes, velones, relojes, cadenas y otras baratijas; á los montones improvisados de libros, estampas y cuadros viejos, que cubren el pequeño espacio de pavimento que dejan los puestos fijos, asisten diariamente en busca de alguna ganga ó chiripa los aficionados veteranos, rebuscadores de antigüedades, arqueólogos y numismáticos de deshecho, bibliógrafos y coleccionistas de viejo…

De pronto aquel personaje que había llegado como de imprevisto, desapareció entre la nebulosa húmeda de las calles y se perdió con algún amigo que le acompañaba.

Decidimos seguir andando un rato. Bueno, más que decidimos, no nos quedaba otra, porque claro, nuestros pies nos llevaban.

Vimos todo tipo de músicos: grupos de jazz, didgeridoo, un señor que tocaba las copas… ¡hasta estaba Luís el vendedor de barquillos que tocaba la caja de música! Había estilos nuevos, rompedores, y seguían estando los de siempre conservando así ese sabor familiar y típico del rastro.

Decidimos seguir andando un rato. Bueno, más que decidimos, no nos quedaba otra, porque claro, nuestros pies nos llevaban.

La marea de gente parecía que nunca iba a parar. Era como un torrente que no frenaba por nada del mundo, no tenía ningún obstáculo ante él. Avanzaba sin parar, avanzaba con lentitud. No frenaba por nada. Pero esto era solo apariencia, pues de pronto alguien se paraba, escuchaba una música, observaba un cartel, disfrutaba de un instante, sonreía con su gente… No hacía falta comprar, igual solo bastaba una mirada atenta, un: “no, gracias, solo estoy mirando”, o un “hola, buenos días” antes de pedir algo de aquel puesto apartado.

Y otra vez esos gritos: ¡2 a un euro! ¡2 a un euro! ¡El segundo par, mi niña, tres euros más barato!

Entre tanto barullo y gente habladora, ¡ya no sabíamos que hacer! Teníamos unas ganas tremendas de comentar lo que habíamos visto durante ese día, pero no podíamos.

Bota derecha delante, bota izquierda detrás, y cuando yo iba a adelantarme, ¡la izquierda iba hacia atrás! Así durante casi todo el día. Nos metimos de nuevo en la calle de los pintores. Bota derecha delante, bota izquierda detrás, y cuando yo iba a adelantarme, ¡la izquierda iba hacia atrás! No había forma. Hasta que de repente… ¡Perdimos la inercia! y ¡nos quedamos pegadas con pegamento de cola al suelo! ¡Esta vez sí! Pero todo a nuestro alrededor se quedo quieto. Mirándonos. Como si algo malo estuviese a punto de pasar. Yo tuve que cerrar los ojos, no sé por qué, pero note como poco a poco algo iba cayendo sobre mí. Me miré. Miré a la bota izquierda… y me eché a reír. Nos habiamos puesto perdidas de pintura…¡Menuda habíamos montado!

Espero que te haya gustado.

See you!

El Rastro…

Posted in lo escrito escrito está on 27 enero 2010 by elmundoremi

Para todos aquellos amantes de Madrid,  el Rastro es un lugar del que no debeis dejar de ir de vez en cuando. No hace falta ir para comprar, simplemente prueba a dejarte llevar.

Para una asignatura de la facultad, Literatura madrileña, me pidieron hacer un recorrido algún sitio de Madrid que tuviese que ver con literatura y la forma expositiva fuese literata, también. Esto iba acompañado de un power point eso…queda para mi gente, de momento.

PRIMERA PARTE

El Rastro

Carmen Cerezo Marín

Nos dispusimos a andar, ya estábamos preparadas.

Amaneció un día lleno de color. El viento, dorado por el sol, dejaba un sabor a estío que auguraba el inminente otoño. Amaneció un día lleno de color.

El sonido de los pájaros: gorriones, canarios, jilgueros, y como siempre el aleteo de las palomas. El sonido de los pájaros forzaba, casi de forma inevitable, que el cuello de los transeúntes se girase y sus ojos mirasen al cielo.

Esos pájaros, ahí arriba, se agolpaban como queriendo ver algo, igual que todo el gentío de la calle Ribera de Curtidores se apretaba.

Andaban, paraban, miraban, curioseaban. Lechuceaban tal vez, como las aves que surcan el cielo sin llegar nunca a su puerto. Tal vez. Sí. O, tal vez sólo querían distraerse y no tenían puerto.

Nos dispusimos a andar, ya estábamos preparadas. Amaneció un día lleno de color.

Después de broncear nuestra piel y con tapas nuevas, todo se veía distinto. Los cordones nos apretaban, pero la horma nos había dejado como nuevas. El zapatero de la Puerta del Sol tenía mucha clientela, y nosotras, al ser unas botas con antigüedad y renombre, habíamos necesitado unos cuidados especiales.

Somos un numero 39, bueno después de la horma somos un 40, y a nuestro antiguo dueño le encantaba andar y pasear por Madrid. Le encantaba disfrutar de los atardeceres, de los amaneceres, del olor a tierra mojada al pasear por el Prado. Escuchar el canto de los pájaros, el traqueteo de los trenes de la estación de Chamartín, el jolgorio de los transeúntes al sol tras una fría noche de diciembre. Pero lo que mas le hacía disfrutar era el trote de los caballos. Ese chocar de las herraduras contra los baldosines de las calles. Solíamos ir de aquí para allá sin parar ni un minuto hasta que de repente, perdíamos la inercia y nos quedábamos como pegadas con pegamento de cola al suelo.

¿Qué pasa?

¿Qué pasa?

Eso, las herraduras contra los baldosines de las calles.

A nuestro antiguo dueño le encantaba andar y pasear. Tanto que muchos días nos poníamos de acuerdo, mi otro par y yo, para siempre empezar a andar yo, que soy el derecho, para que nos acompañase la suerte y no nos cansásemos mucho.

Nos dispusimos a nadar, ya estábamos preparadas. Todo se veía distinto. Yo recordaba a Felipe, que se ponía con el carro de caballos, como todos, pero sus caballos tenían clase. Bueno, más que clase, eran originales como su dueño. Felipe era un anciano alto, con cara graciosa y que con solo mirarle te entraban ganas de reír y te dabas cuenta de que en la vida siempre hay una cara de la moneda que te sonríe.

En la vida hay dos tipos de personas: las que nunca les pasa nada y las que siempre les pasa algo. Felipe es una de estas últimas. Es como el bolso de Mary Poppins, cuando menos te lo esperas y de la forma que menos te lo esperas te cuenta una historia, y biográfica claro.

No es porque tenga imaginación y sus historias nazcan de fantasías basadas en la realidad, sino porque le gusta disfrutar de las cosas mas sencillas. De lo que casi ni te das cuenta de que esta ahí. Por eso, en su puesto siempre encontrabas cosas originales: un tenedor que le llamaba cachivache, una brújula que le llamaba alpacaju, relojes de bolsillo, lámparas, ventanas, aparadores, campanas, llaves, baúles, sillas, sillones, tresillos, desalzadoras y toda clase de utensilios para revender.

Recuerdo que una vez vi en su puesto un juego de tazas con el retrato de Carlos V pintado sobre ellas, ¡a saber de donde las habría sacado!

A temporadas quiso especializarse en pinturas de músicos y vi en su puesto a los mejores flautistas de la época o hasta al mismísimo Farinelli el castrati. También tuvo durante varios meses el puesto repleto de libros, libros y más libros. Pero… este gremio no le terminó de gustar y se decantó por sus cosas de siempre: un poco de todo, y siempre, nada corriente.

Mañana más.